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El supuesto ecoturismo en Costa Rica está destruyendo los bosques, según World Rainforest
La entidad ecologista World Rainforest acusa al Gobierno y las industrias de Costa Rica de, bajo el concepto de ecoturismo, desarrollar proyectos que suponen la destrucción de bosques primarios y la privatización de la biodiversidad.
Redacción / Europa Press (11/08/2004) Los grupos turísticos que operan en Costa Rica han aprovechado el decreto ley aprobado el pasado mayo para destruir bosques primarios y desarrollar después operaciones de supuesto ´ecoturismo´ en el mismo lugar, según denuncia la red ecologista World Rainforest Movement (Movimiento Mundial por los Bosques).
En un informe, la ONG denuncia que "el turismo disfrazado de ecológico amenaza los últimos bosques prístinos" de Costa Rica, y que el ´ecoturismo´ se está convirtiendo, al menos en este país, en "la palabra peor usada" tanto por la industria como por los gobiernos. "La mayor parte de las veces significa simplemente turismo, la industria sin chimeneas hacia la cual se vuelcan muchos países del sur, enfrentados con el peso de la deuda", denuncia.
Según Rainforest, países perjudicados por graves desigualdades comerciales ven en el turismo "la esperanza de ingreso de divisas e inversiones". Y paralelamente, organizaciones internacionales como el Banco Mundial y agencias de la ONU han participado "en la transformación del turismo en una verdadera industria mundial".
Los ecologistas apuntan que esta visión del turismo como la panacea no es compartida por todos, y que son muchos lo que lo consideran "como una extensión de las antiguas condiciones coloniales", ya que beneficia esencialmente a los países ricos y a sus empresas. El Sur es simplemente un "receptor de turistas" donde se confirma una nueva división del trabajo.
Por su parte, con el respaldo de los Gobiernos locales, las grandes multinacionales del sector "han ganado acceso comercial a recursos biológicos y áreas ecológicamente frágiles, y han acelerado la privatización de la biodiversidad", todo ello "en detrimento de las tierras y los derechos a los recursos de las comunidades locales y del Medio Ambiente".
Tal es el caso de Costa Rica, según Rainforest, donde "los proyectos del Gobierno van a continuar otorgando concesiones para la construcción de complejos turísticos sobre la prístina franja costera marítimo-terrestre". Uno de los instrumentos es el Decreto 31750 del pasado mayo, que permite la construcción de edificios de hasta 14 metros de altura y la tala de bosques para ´dejar sitio´ a proyectos de ´ecoturismo´. El porcentaje de tala permitido depende además del tipo de bosque: hasta el 15 por ciento en bosques primarios y un 25 por ciento en bosques secundarios.
La Federación Costarricense de Conservación del Ambiente (FECON) presentó un recurso de inconstitucionalidad contra el decreto en junio, lo que llevó a la suspensión provisional de la tala de la compañía de capital estadounidense Proyecto Playa Dulce Vida SA para su complejo ´ecoturístico´ a apenas un kilómetro del Parque Nacional Manuel Antonio; "pero la resolución llegó tarde porque el bosque ya había sido talado".
Rainforest, que recoge informaciones de la FECON, señala que las comunidades locales ya han expresado con claridad que "no quieren megaproyectos que transformen las playas, penínsulas y bosques en enclaves turísticos", "un turismo que contamina y destruye ecosistemas, privatiza caminos y playas y se adueña de las aguas para regar los campos de golf".
Documento del World Rainforest Movement
Turismo y medio ambiente: realidades compatibles?
El turismo es una de las actividades que más dinero mueve al año y que menos respeta el medio ambiente. A medida que crece el negocio turístico en todo el mundo, se hace más necesaria una política sostenible al respecto
Christian Sellés | Agencia de Información Solidaria (24/03/2005)
El 10 de enero de 2001, el Gobierno chino concedió el permiso para la construcción de un hotel en el campo base norte del Everest, en el Valle de Rongbuk. Muchas fueron las voces que se alzaron en su contra, sobre todo, la de montañeros que veían cómo la montaña más alta del mundo podía convertirse, aún más, en un destino turístico convencional. Cuatro años después, parece cada vez más probable que esta atrocidad contra la naturaleza se haga realidad.
Russel Brice es el principal valedor de esta idea. Conocido de sobra en los circuitos alpinistas, se ha enriquecido durante años por la comercialización exagerada de cualquier bien que pueda ser necesario en la montaña: decenas de dólares a cambio de una llamada telefónica de un minuto o por el préstamo momentáneo de unas cuerdas. Cualquier útil es susceptible de ser empleado para aumentar su riqueza.
Ahora, su cabeza, similar a una máquina de fabricar dinero, se concentra casi de manera exclusiva en levantar el hotel a mayor altura del mundo, a unos 5.000 metros en concreto. El negocio es sencillo: en el año 1964, el Parque Nacional de Sagarmatha tuvo veinte visitantes; en 1994, 12.000. Cada año, hay quince expediciones puramente comerciales, es decir, personas que pagan un dineral por el mero hecho de estar allí sin tener ni idea de escalar.
La ascensión al Everest siguiendo la ruta sureste es relativamente sencilla. Con una preparación física sin llegar a ser exagerada, un buen equipo y un grupo experimentado de serpas (montañeros nepalíes altamente especializados) casi cualquier persona podría aproximarse a la cumbre. Mucha gente adinerada decide emprender esta aventura como capricho del que jactarse o porque ha decidido llevar a cabo otra práctica de turismo. Esta cara de la montaña se ha convertido en lo más similar a un vertedero, llena de botellas vacías de oxígeno, plásticos, ropa y todo tipo de basura. Con la construcción del hotel, los deshechos aumentarían en la misma proporción que lo haría el número de personas. Se sacrifica la montaña, la naturaleza, su magnificencia por el mero turismo.
El reto del turismo sostenible
El turismo es una de las actividades que más dinero mueve al año y que menos respeta el medio ambiente. Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), en el año 2003 los ingresos procedentes de esta actividad giraron en torno a los 523.000 millones de dólares.
Pero el turismo no siempre es sostenible o responsable y no por qué no se sepa lo qué hay que hacer. En junio de 1992 se redactó la Declaración de Río de Janeiro sobre Desarrollo y Medio Ambiente, en la que se daban las recomendaciones oportunas para la elaboración de líneas generales a seguir con el objetivo de poner en marcha políticas más razonables. Sin embargo, trece años después, las cosas no siguen el camino adecuado.
El turismo tiene efectos positivos, no se puede negar. Se crea empleo, las poblaciones locales se ven beneficiadas con los ingresos generados, se favorece el intercambio cultural. Pero en lo referente al medio ambiente, tiene demasiados efectos negativos: se destruyen paisajes para la construcción de infraestructuras y edificios, se alteran los ecosistemas, o se favorece el cambio climático por las emisiones de dióxido de carbono procedentes de los transportes aéreos. Prueba de ello son los campos de golf, tan habituales últimamente en España, que requieren de un ingente consumo de agua; las playas a las que se recorta espacio para construir casas o las montañas que cada vez en mayor número son coronadas por estaciones de esquí.
Son demasiados los ejemplos que se pueden poner del daño que ocasiona el turismo al medio ambiente. Pero no es esta práctica en sí. Son las autoridades de los países, los turistas que recuerdan a Atila, arrasando con todo lo que encuentran. Los manglares, los arrecifes de coral, la cuenca amazónica, el hotel del campo base del Aconcagua, el litoral españo. Los sufren cada año.
Ejemplos a seguir
Pero no todos son casos negativos. Por ejemplo, Islandia recibe al año 72.000 turistas que se dejan catorce millones de dólares en las industrias que giran en torno a la observación de ballenas. Entre 1986 y 1989, año en el que se finalizaron las capturas, la caza comercial de cetáceos generó cuatro millones de dólares. Aunque dejemos el medio ambiente a un lado y nos centremos sólo en el ámbito económico, es mucho más rentable. De hecho, con el anuncio de las autoridades del país de que van a retomar esta caza, muchos turistas han decidido no elegirlo como destino de sus viajes. Lo mismo ocurre con Kenia y sus safaris fotográficos de fauna salvaje, los osos polares de Alaska o los gorilas de montaña en Ruanda.
Los gobiernos de los países turísticos tienen que ser conscientes de las verdaderas razones por las que los turistas acuden a ellos: importantes ecosistemas y algunas especies emblemáticas. Los ingresos motivados por esta práctica, deben ser empleados en su mantenimiento y mejora, no en facilitar el acceso a un mayor número de personas con más plazas hoteleras pensando en mayores ingresos, que no llegarán, ya que de esta manera se degrada el medio ambiente y se expolian los destinos turísticos hasta agotarlos. Aunar los términos turismo y sostenible se impone como la única política deseable a largo plazo. |